
Entrevista realizada en 2011 para La
Boca Rota, que entonces coordinaba recitales de música y poesía en Casa Frida,
Ituzaingó, y publicaba un fanzine literario de edición bimensual. Participaba
además de la Feria del Libro Independiente y Autogestiva (FLIA) Oeste. Entonces
Danilo contactó a Walter para tener una charla, y yo tuve la suerte de que me
tocara ir. Walter falleció el 15 de agosto de 2014.
Walter
Iannelli me recibió en su casa, ubicada sobre Rivadavia, en algún lugar entre Liniers
y Villa Luro. Al fondo de un largo pasillo de departamentos está el suyo. Ya
tenía listo el mate y, apenas entrar, me obsequia un ejemplar de Metano, su libro de cuentos con el que
acaba de ganar el Premio “Juan José Manauta”. Me convida además un cigarrillo.
Estoy intentando dejarlo, pero acepto.
Tiene
49 años. Publicó su primer libro en el ’96. Metano,
en cambio, salió hacia 2008, editado por Paradiso, reuniendo escritos que había
trabajado en esos años. En medio publicó Sanpaku
(2003), novela que obtuvo Segundo premio municipal de literatura del Gobierno
de la Ciudad de Buenos Aires. Fue distinguido por el Fondo Nacional de las
Artes en reiteradas ocasiones. El 19 de noviembre (2011) presenta su segunda novela: La invención de lo real, por la editorial Simurg.
Le
preguntamos por el oficio de escritura y la actividad literaria. Y, por
supuesto, también nos la pasamos hablando de literatura. Me hallé ante un tipo
cálido y franco, divertido, que entre sus observaciones políticas y su mirada
sobre la realidad y la ficción acabó enseñándome más de una cosa. Comenzamos
hablando de Metano:
Bueno,
Metano es un libro que me dio, por
suerte, muchas satisfacciones, y espero me las siga dando. Primero, y la más
importante, la de la escritura. Fue para mí un libro revelador en muchos
sentidos; a veces me preguntan acerca del origen de algunos cuentos, y uno,
cuando los escribe, en realidad no sabe qué es lo que está haciendo. Cuando uno
se pone a escribir, a veces sabe hacia dónde va y qué quiere decir, pero eso
que quiere decir todavía no tiene nombre, y quizás no lo tenga por muchísimo
tiempo. Uno va hacia un lugar que es una especie de corazón vacío, de falta,
dirían los psicoanalistas, de falla, en el caso de la escritura (ríe). Todavía
no está construida, ni siquiera está dicha. Pero a veces uno se levanta con esa
cosa, esa especie de obsesión que es una cosa invisible y absolutamente
abstracta, algo que quiere contar, y después, en mucho tiempo, se da cuenta,
tiene una idea o capaz se acerca un poco a la razón.
En
todo caso el mérito literario del cuento no tiene que ver con eso, porque uno
puede hablar de alguien que quiso mucho, por ejemplo, y no conmover en lo más
mínimo. En realidad está en el tratamiento literario y, diría yo, en la pericia
que tenga uno para comprometer emotivamente al lector con lo que se está
contando, sino no pasa nada. La literatura es eso, nada más. La habilidad, en
todo caso, de los buenos escritores -porque si no son buenos no existe
literatura- de comprometer afectivamente al lector, hacerlo vivir lo que se
está contando. Eso quiere decir que si vos terminás un laburo que te produjo
mucho placer, le pusiste la energía necesaria, no sólo hace falta -en todo caso
y si uno lo tuviera- algún talento, sino que tenés que sentarte a corregir. La
verdadera literatura sale de la corrección, sin ninguna duda.
Si
bien todo el mundo quiere ser escritor, y todo el mundo escribe, escribir,
realmente, es plantar el culo en la silla y laburar en serio. O sea, Rimbaud no
debe haber muchos. Y en determinadas materias, como la narrativa, tenés que
ponerte a laburar.
Muchas más vidas
Una
vez, presentando un libro de un amigo, un gran escritor, ya fallecido, Fernando
Morales, dije algo que hizo se vendieran muchos libros, pero absolutamente
cierto. Estaba lleno de gente más bien grande, y yo dije que la literatura
alarga la vida. Y eso hizo que todos corrieran a comprar los libros; todos
querían vivir un poco más. Pero yo quería decir, la alarga en un sentido no de
largo, sino de ancho. Con la literatura vos podés vivir una vida muchísima más
plena y más rica, con una sintonía mucho más interesante. Muchas más vidas.
Yo
le estoy agradecido a ciertas novelas y ciertos autores, y ciertos cuentos, que
me hicieron vivir prácticamente vidas paralelas. Y acá vamos a hablar de
algunos autores que son casi encontrados políticamente: por ejemplo La tía Julia y el escribidor, de Vargas
Llosa, es una novela que si no la leés hay que matarte. La desesperanza, de José Donoso, el chileno; un lujo. Este domingo, José Donoso; una novela
estupenda. Y El palacio de la Luna,
de Paul Auster, hay que leerlo. Y hay que leer a Salinger, hay que leer a
Faulkner, y hay que leer El astillero,
de Onetti, para sentirse tan como el culo como Onetti, pero a la vez tan pleno.
Si yo tengo agradecimientos hacia alguien, es hacia esos tipos. Les digo: qué
lo parió, vos me hiciste vivir otra cosa, una vida paralela.
¿Conocés la FLIA?
Si,
mirá. No fui nunca, pero nunca, a ninguna de las FLIAs. Simplemente por
cuestiones de tiempo. No sé si vale de excusa, pero coordino las actividades de
Letras de Morón, y entre las otras actividades, la verdad no tengo tiempo,
salvo únicamente cuando soy imprescindible en cuerpo y alma. Pero ir porque
tengo ganas, no. Y la verdad es que he escuchado hablar muchísimo de la FLIA;
me parece un proyecto maravilloso. Me parece muchísimo más importante que la
Feria del Libro. Yo a la FDL no voy (salvo cuando tengo que ir a hacer algo -de
hecho cada vez que voy, tengo que ir dos o tres veces-). Pero en sí, el sentido
de la FDL para mucha gente es lo que pasa los domingo en la iglesia, es ir a
confesarse el domingo para hacer cagadas toda la semana. Si vos vas a la FDL
una vez y después no pisás una librería ni leés un libro en todo el año, ¿para
qué vas a ir a la FDL? No tiene sentido. El sentido de la FDL es absolutamente
comercial, no cultural.
Una librería en San Clemente
Hay
una cosa más fragmentada que la FLIA pero igualmente interesante y que sucede
todo el tiempo, no sólo en Buenos Aires, sino en todo el país: recitales de
poesía, lecturas, encuentros, charlas, debates, café. Esa es la verdadera feria
itinerante y atomizada de poesía, permanente, donde realmente circulan los
libros. Porque muchos de esos libros, la mayoría, no llegan a las librerías.
Están circulando por ahí, de una manera subterránea, y esa es la verdadera
literatura argentina. No podemos decir que hoy la literatura que se lee en
Argentina sean los poemas de Neruda, que son los que vas a encontrar en
librería Hernández. Vos vas a ciertas librerías y vas a pedir, por ejemplo, los
libros de Joaquín Giannuzzi. No están. Nuestro poeta, a mi juicio, más
importante de todos los tiempos. Y no es un tipo que haya pasado desapercibido.
Emecé editó sus obras completas en 2002, 2003 (va a hasta la biblioteca y regresa con un ejemplar). Este libro yo
lo compré a cinco pesos en San Clemente, y lo saqué de un cajón de más o menos
un metro de lado, enterrado entre otros quinientos libros; todo a cinco pesos,
decía.
Una
librería en San Clemente. Esta es la literatura argentina: el fondo de ese
cajón, y no lo que pasa en la Feria del Libro. La realidad de lo que es la
literatura argentina se construye fragmentariamente. Y también esos hechos
hablan de cómo la literatura argentina se presenta hacia el afuera. ¿Qué le
pasa al ciudadano promedio, que vota lo que vota, que acá votó a Macri, por
ejemplo, al ciudadano promedio que vive y se queja, que hace, que tiene hijos,
que compra autos, que llena, que revienta la Feria del Libro, y no agota una tirada
de dos mil ejemplares de Joaquín Gianuzzi? Ustedes lo van a ver todo el tiempo.
Un poco se puede ir a buscar a las librerías y otro poco hay que salir a buscar
por todos lados. Lo que te van a decir la tele y los medios instalados es una
cosa que a veces no tiene que ver con la realidad. Joaquín Gianuzzi está en el
fondo de un cajón en San Clemente a cinco pesos. Esa es la realidad de la
literatura argentina. Es la mejor metáfora, me parece.
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